martes, 6 de enero de 2009

Ideas políticas en Venezuela: de la Ilustración (siglo XVIII) al positivismo del siglo XIX

Dr. David Ruiz Chataing
UPEL/ IPC
Resumen
Se analizan las ideas ilustradas, monárquicas, republicanas, conservadoras, liberales y positivistas en la Venezuela que va del siglo XVIII hasta finales del siglo XIX. La investigación es bibliográfica: se escrutan las obras (fuentes secundarias) que versan sobre la temática señalada. En este sentido el trabajo es historiográfico. Intenta registrar las investigaciones emblemáticas sobre las ideas en Venezuela desde el 1700 hasta el 1900.

Palabras claves: Ilustración, Realismo, Republicanismo, Pensamiento Liberal, Ideas Conservadoras, Positivismo, Venezuela.

El siglo XVIII venezolano representa, históricamente, la centuria de los grandes avances hacia configuración de la nación. La economía, luego de ser subestimada por la metrópoli española por carecer de metales preciosos, pasó a ser la tercera de Hispanoamérica, después de la de los virreynatos de México y Perú. De las provincias de Tierra Firme se extraían añíl, trigo, cacao, tabaco, tasajo (carne salada), cuero, carne, entre otros productos agropecuarios. Esta creciente pujanza estaba siendo aprovechada más por comerciantes contrabandistas, ingleses y holandeses, que por el Imperio Español. Para corregir esto y el rezago histórico interior y colonial, España, bajo la dinastía de los Borbones, adelanta una serie de cambios. Ya habían avanzado institucionalmente estas provincias con la organización de los Cabildos y Gobernaciones; igualmente con la erección, el 11 de diciembre de 1721, de la Real y Pontificia Universidad de Santiago de León de Caracas. En 1726 comienza a ejercer su función de organizadora y controladora de las fuerzas productivas la Compañía Guipuzcoana. Bajo la égida de Carlos III se establece la Real Intendencia del Ejército y Real Hacienda, en 1776; en 1777, se erige la Capitanía General de Venezuela; en 1786 la Real Audiencia, en 1793, el Real Consulado y en 1804 el Real Arzobispado. En las Universidades de Mérida y Caracas, pugnan soterradamente las viejas doctrinas aristotélicas y tomísticas con un reformismo intelectual y educativo que defiende los avances ofrecidos por Descartes, Newton y Hume. Proceso de centralización económica, política, militar, religiosa y administrativa de la cual emerge una sociedad más coherente y definida. Estos cambios son sugeridos desde el poder absolutista. Pero se ha ido gestando una inconformidad que los empujará desde otros sectores sociales. Los blancos criollos, los mantuanos, reclaman una política comercial coherente para la colocación de sus cosechas, solicitan el libre comercio. Las reformas planteadas ponen en entredicho sus privilegios y combaten la Real Cédula de Gracias al Sacar, según la cual, personas no blancas podían obtener ese título si cancelaban ciertas cantidades de dinero. Se oponen a la centralización y una concepción moderna del Estado. Se aferran a sus prebendas, sus tradiciones y a la realenga autonomía ejercida por varios siglos de abandono del Imperio Hispánico. Las transformaciones impuestas por el despotismo ilustrado, se convierten en más controles, impuestos, desplazamiento de los grandes cacaos por funcionarios hispánicos, etc. Ante ello se van realizando en el mundo occidental una serie de transformaciones que ofrecen argumentos a una élite inconforme. Inglaterra despliega su Revolución Industrial y las bondades del liberalismo económico. En Francia, entre 1789 y 1795, se erige primero una monarquía constitucional y luego una república radical; Estados Unidos se independiza de Inglaterra bajo la forma de una sorprendente como inmensa república federal. En Haití, en 1804, se realiza la independencia luego de una insurrección de la población, mayoritariamente negra. Se exaltan las ideas de igualdad y de gobierno limitado.
El Siglo de las Luces en Venezuela significará grandes cambios en las instituciones y en sus estructuras. Estas metamorfosis involucran una intensa lucha en las conciencias. Habrá partidarios y realizadores del despotismo ilustrado; igualmente, quienes prefirieron enfrentar sus efectos peligrosos. Primeramente la misma Monarquía ibérica, en especial, luego de la revuelta gala de 1789. Un espíritu de anti-ilustración invade la escena. Se vigila a los extranjeros residentes en Venezuela, se les acosa y hasta aprisiona o expulsa. Se elaboran listas de libros prohibidos; se requisan los buques para evitar la contaminación de gacetas y hojas sueltas francesas o que den noticias de los hechos demoníacos que recorren el orbe.
Pero las nuevas formas de ver el mundo, lentamente, se apoderan de los espíritus. Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Juan Germán Roscio, Manuel Palacio Fajardo y Andrés Bello, entre muchos otros, se van prendando de las flamantes convicciones. Ruptura en parte generacional, producida también por la madurez de una sociedad y el espíritu de una nueva época, que sólo espera las circunstancias para materializarse. Primero tímidamente, pero luego de manera sólida e irreversible, se asumirá que Venezuela no debe estar sometida a una Monarquía ni a un régimen colonial que no responde a las luces del siglo. Reivindican la razón, el progreso, el librecambio, la igualdad y la libertad. La necesidad de organizarse bajo la forma republicana, de refundar al país mediante una Constitución escrita; que según ésta, se debe controlar el poder mediante la división de poderes, la alternabilidad republicana, el sistema federal y el sufragio. Que ninguna autoridad tiene origen divino y que las magistraturas deben designarlas, mediante las elecciones, los ciudadanos. Que el Estado existe para garantizar las libertades y los derechos de los ciudadanos.
Por supuesto que este discurso liberal no avanza sin dificultades. Hay quienes son partidarios de la monarquía, de la pertenencia de América al Imperio hispánico. Quienes defendieron la monarquía y el status colonial consideraban que existía un orden celestial, una jerarquía creada por Dios. Que esta organización del más allá precedía a la terrenal. Que el mundo material debía regirse y de hecho lo hacía, para conservar y salvar la vida humana en la tierra y en el cielo, con ese “buen orden” divino. Aceptaban ideas como las siguientes: la soberanía radica en el Rey. El que está arriba manda y el de abajo obedece. Trastornar este equilibrio, era exponer al hombre y a la sociedad al caos.
Aquellos lectores de “filósofos” y mal llamados patriotas eran discípulos de Satanás, alusinados por el Maligno. Confundían sus delirios con la realidad. Los monárquicos absolutistas abundan en sus argumentos de antiguo régimen cuando acusan a la democracia de falsa, pues, ningún pueblo es apto para gobernarse. La soberanía no puede residir en la canalla sino en el Ungido de Dios, en el Rey. Hay que guiarse por la tradición, por las costumbres y no por una inexistente “voluntad general”. Con la desigualdad y los privilegios de los mejores se han mantenido el buen funcionamiento de la sociedad. La prosperidad y la paz imperantes en Venezuela desde el siglo XVI hasta 1810, guiadas por valores conservadores, contrastan con el desasosiego, la guerra y la pobreza a la que la expusieron quienes invocan criterios novedosos tales como la soberanía popular, la igualdad, el derecho de insurrección y la República.
Pero los realistas tenían debilidades. Por un lado, había entre los godos pretendientes a volver al mundo colonial como si no se hubiesen trastocado las cosas a partir de 1810. Otros, tenían influencias ilustradas y liberales. Divisiones que junto a la inocultable decadencia de España y la tenacidad de los contrarios, permitieron crecer y triunfar al sector republicano. Esta lucha, por supuesto, no fue exclusivamente en el plano de las ideas. Antes de triunfar las nuevas propuestas en los corazones y en las mentes, la nación venezolana fue expuesta a indecibles padecimientos en una larga y cruel guerra civil y emancipadora.
Luego de culminada la fase militar de la guerra, entre la Batalla de Carabobo (1821) y la Batalla de Ayacucho (1824) y separada Venezuela de la Colombia bolivariana (1830), el país da sus primeros pasos como república independiente. Luego de una inicial unanimidad, las élites político-económicas comienzan a mostrar puntos de discordia. Estando de acuerdo, en líneas generales, con la instauración de un “Estado Liberal de Derecho”, comienzan las polémicas alrededor de la clemencia o severo castigo para los “reformistas” de la Revolución de 1835; las escaramuzas de tinta y papel referidas a las contiendas electorales; la aprobación de un código de imprenta ( el 27 de abril de 1839, el cual establece un “tribunal de censura”) y el alejamiento de Antonio Leocadio Guzmán del círculo paecista, son los primeros hechos de una ruptura en ciernes.
Los disidentes se reafirman en sus convicciones, argumentando en el plano político a favor de la alternabilidad republicana, la necesaria presencia de partidos y el derecho a la libertad de imprenta. En el plano económico, se muestran como defensores de la agricultura y repudian el liberalismo económico ortodoxo que conduce a los “agricultores” (léase hacendados latifundistas y esclavistas) a la penuria y la ruina. Favorecen la intervención económica del Estado para corregir los desequilibrios económicos surgidos por los abusos de los prestamistas. Más allá de las formulaciones doctrinarias, el espíritu de agitación creado por sus publicaciones periódicas, llamó la atención de peones, libertos, pulperos, esclavos, artesanos y algunos pensadores, los cuales no estaban invitados ni a la controversia ni al festín.
Al revoltoso y casi mágico poder alborotador de la pluma de Antonio Guzmán Blanco y sus más cercanos colaboradores, debemos la designación de este agrupamiento como godo, oligarca, logreros o conservadores. En realidad, eran también liberales, en ciertos aspectos como los autodenominados liberales; que, también, lo eran, realmente, en otros.
En el ámbito económico, fueron los godos, liberales manchesterianos: pregonaban las ventajas de abandonar a los particulares la promoción de sus intereses materiales. ¿Y qué de los desempleados, los desvalidos, los hacendados arruinados por los abusos del sector financiero? Ni la pregunta se la formulan: quien se arruina, quien desciende a la pobreza, fue un desordenado, imprevisivo y flojo, que no merece ninguna compasión ni ayuda. Bajo la dominación conservadora (1830-1847) se desmontó el aparato paternalista y proteccionista erigido en la Colonia por España; los desequilibrios, decían estos tozudos discípulos de Adam Smith, se corregirían por sí mismos en el dinámico proceso económico.
Los “notables” tipificados como conservadores, no veían con simpatía la participación popular. ¿Qué es eso de un “pata en el suelo” ensuciando las suaves y pulcras alfombras del Congreso de la República? Su concepto de pueblo, por cierto, era muy restringido: entendían por tal, a la gente principal (preferiblemente blanca), ilustrada, de profesión liberal, de oficio independiente y con buena renta. Odiaban la palabra “revolución” tras la cual se agazapaban, decían, el desorden y los miserables saqueadores de las propiedades de la gente honorable. Admiraban las leyes, la Constitución, la tranquilidad pública respaldadas por Páez: el caudillo fuerte que sabía hacer respetar al gobierno y resguardaba sus bienes. Consideraban que el comando político y militar que dirigía la nación desde 1830 lo estaba haciendo muy bien y requerían más tiempo para completar su obra. No demostraban ningún apuro en abandonar el poder político, ni preocupación alguna por abrirle el camino a nuevas promociones de políticos que aspiraban también la dirección del aparato estatal. Son innegables los avances de la República bajo los casi veinte años de su hegemonía: en el plano administrativo, hacendístico, legislativo, cultural, etc. Echaron las bases de la organización nacional naciente. Por supuesto, desde la única conciencia posible con la que podían edificarla: el ideario liberal mezclado con sus prejuicios e intereses oligárquicos. Eran partidarios del progreso pero estimaban más el frágil orden, la delicada maquinaria que habían puesto a funcionar desde la disolución de la Colombia bolivariana; las innovaciones se podían incorporar paulatinamente, sopesando su impacto sobre las tradiciones y sin olvidar los prejuicios y los viejos engranajes que hasta ese momento prestaban su inestimable servicio al principio básico de la estabilidad de la sociedad.
Con respecto a la libertad de imprenta, no soportan que cualquier improvisado fuese a ofender a respetables y pundonorosos hombres de empresa y ejemplares padres de familia: ¡Cárcel y último suplicio para los calumniadores!
A pesar de su devoción cristiana, se olvidaban de la piedad y de la clemencia que debían mostrar hacia sus adversarios vencidos: ¡Sangre de los revoltosos! Era lo que querían ver, para calmar su indignación.
En el plano externo, tocó a los conservadores, bregar el reconocimiento de la independencia por España; reclamar ante flagrantes abusos de las potencias, las cuales suelen inmiscuirse en los asuntos internos de los pueblos débiles amparándose exclusivamente en el argumento de sus poderosas Armadas.
Nuestros conservadores del siglo XIX incurrían en ciertas actitudes y prácticas que obligan a sostener que no les calza bien el cognomento: fueron entusiastas defensores del “dejar hacer, dejar pasar”; amaban el progreso y la modernidad; incorporaron a nuestra legislación leyes y decretos que contribuyeron a la separación del Estado de la Iglesia, la supresión del fuero eclesiástico, la abolición de los diezmos; estimularon la educación laica, la movilización de las “manos muertas” y la mengua de las obras pías.
¿Tenían algo en común nuestros liberales y conservadores? Sí, a pesar de sus cruentos enfrentamientos (más bien por apetitos de poder, por exigir un reparto más equitativo, intraclase de la riqueza generada por las esclavitudes y el peonaje en las haciendas, o por pugnas caudillescas). Los liberales y conservadores contaban con un patrimonio espiritual común: respeto sacrosanto a la propiedad; represión despiadada en contra de las aspiraciones igualitarias de los plebeyos, fomento de la educación y del ingreso al país de inmigrantes blancos ( para “mejorar la raza”). Les es igualmente afín la idea de edificar la nación venezolana según los patrones exitosos que han orientado el esfuerzo constructor de Inglaterra y Estados Unidos como grandes y prósperas sociedades.

Pero no son las coincidencias las que prevalecerán entre liberales-conservadores y liberales-reformistas, luego de la caída de Monagas en marzo de 1858. Los primeros defienden a la oligarquía que imperó en el país a partir de 1830 y al caudillo José Antonio Páez. Los liberales-reformistas apoyan que nuevos dirigentes tales como Antonio Guzmán Blanco y civiles de las nuevas generaciones, por ejemplo, asuman los altos cargos públicos. Los godos, en general, opinan a favor del centralismo y de una participación política restringida de las masas y los liberales son de la convicción que hay que establecer un sistema federal y abrirse, con espíritu más democrático, a la participación de los ciudadanos. Como era costumbre en la Venezuela del Siglo XIX el debate no es sólo ideológico sino que las diferencias se dirimen en los campos de batalla.. La confluencia de crisis económicas, vacíos de poder y desasosiego público llevaron a la guerra larga o federal (1859-1864), de donde surge la clase dominante unificada en torno al Decreto de Garantías de 1863 (donde se exaltan los valores republicanos y liberales) y la Constitución Federal de 1864. Le tocará a Antonio Guzmán Blanco, ante el fracaso del General Juan Crisóstomo Falcón, retomar el camino de aplicar el proyecto nacional liberal. Estas ideas se entrecruzarán con las ideas positivistas, que arribaron a Venezuela a mediados del siglo XIX y prolongaron su influencia hasta la década del 40 del siglo siguiente, y reivindicaban la educación, las ciencias, el orden y el progreso. El positivismo eclécticamente asumido junto con el evolucionismo, el organicismo, el darwinismo, etc. Contribuirán con la renovación de las ideas en Venezuela: la Literatura, la Historia, la Antropología, la política, los estudios universitarios, sentirán su significativo influjo.

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